La naturaleza de nuestras emociones está determinada, pues, por la manera como percibimos la realidad. Una vez más, no se trata en absoluto de cortar con todos los sentimientos humanos, sino de adquirir un espíritu amplio y sereno, que no siga siendo juguete de las emociones, ni se vea abatido por la adversidad, ni acabe embriagado por el éxito. Si un puñado de sal cae en un vaso de agua, ésta se vuelve imbebible, pero si cae en un gran lago, el gusto del agua no cambia en absoluto. Pues resulta que la mayoría de la gente sufre de manera continua e inútil, por estrechez de espíritu, al no conseguir lo que desea y verse enfrentada a lo que no le agrada.
Otra de las causas de nuestro sufrimiento es el egocentrismo. Si estamos totalmente centrados en nosotros mismo, las dificultades que encontremos y el malestar que éstas nos causen se opondrán directamente a nuestro bienestar. Nos deprimiremos y no aceptaremos esos problemas. Si, en cambio, nos interesamos sobre todo por el bien del prójimo, aceptaremos contentos las dificultades personales que la realización de ese bien nos pueda ocasionar, pues sabemos que el bienestar del prójimo cuenta más que el nuestro.
extraido de: el monje y el filósofo
Trackbacks